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31 minutos Llegó al Zócalo Para Recordarle a la Ciudad que Crecer no es Sinónimo de Olvidar

Por Naila Boleaga

*31 Minutos Convierte el Zócalo en el Mayor Estudio Noticioso Ante Más de 230 Mil Fans que Volvieron a Mirar el Mundo con Ojos de Infancia

*Canciones como ”, Señora, Devuélvame La Pelota”, Rin Raja”, “Objeción Denegada, “Tangananica, Tangananá “La Señora Interesante”  “Diente Blanco, “Mi muñeca me habló”, “El Dinosaurio Anacleto”, etc convirtieron el espacio en unánime musical

CxuNews / Bajo un cielo estrellado, la noche del 30 de abril de 2026, en el marco del Día de las Infancias, el corazón de la Ciudad de México se transformó en el estudio noticioso más grande del planeta. Ahí, donde habitualmente convergen la historia y la política, irrumpió el universo de 31 minutos con su espectáculo “Yo nunca vi televisión”, un fenómeno musical organizado por el Gobierno capitalino, encabezado por Clara Brugada Molina, a través de la Secretaría de Cultura.

La fiesta comenzó a tomar forma desde las 16:00 horas. El Centro Histórico comenzó a poblarse de una marea entrañable: pequeñas y pequeños reporteros improvisados con orejas de conejo, calcetines de rombos y peluches de Juanín Juan Harry. Pero la escena revelaba algo más profundo: no era una fiesta exclusiva de niñas y niños. Miles de adultos llegaron con esa complicidad silenciosa de quien resguarda un tesoro íntimo. Porque, como se respiraba en el ambiente, “la regla primordial” en esta ciudad es no renunciar jamás a la niñez que habita dentro.

“Hay cosas que uno no se puede dar… y hoy sí”, dijo Xavier, con su hija sobre los hombros, mirando todo desde esa altura donde las cosas parecen más claras. No hablaba sólo del dinero. Hablaba del tiempo, de las oportunidades, de esos momentos que normalmente se quedan pendientes.

Alrededor de las 6:30 de la tarde, el sol empezó a retirarse sin hacer ruido, escondiéndose detrás de la Torre Latinoamericana, como si también quisiera ver el espectáculo desde otro ángulo. Y entonces, a las 19:00 en punto, sucedió.

Los primeros acordes del intro.

No hizo falta más.

El grito fue inmediato, unánime, casi físico. Como si alguien hubiera apretado un botón invisible y la memoria colectiva se encendiera de golpe. El Zócalo dejó de ser plaza pública. Se volvió un enorme set: un espacio interior compartido, una especie de sueño sincronizado.

Tulio Triviño, pieza iconica del grupo de reporteros apareció con una noticia urgente que nadie escuchó del todo, porque la verdadera urgencia estaba en otra parte: en cantar, en reír, en sostener ese momento antes de que se escapara. “Desgracia Ajena” arrancó carcajadas que tenían algo de catarsis; “Rin Raja” convirtió el espacio en una vibración continua; “Objeción Denegada” y “Tangananica, Tangananá” hicieron lo suyo: recordarle a todos que el absurdo también puede ser una forma de entender el mundo y que los grandes dilemas de la vida caben en lo aparentemente simple.

De pronto “Mr. Guantecillo” irrumpió como un viejo amigo que nunca se fue. “Nunca Me He Sacado un 7” y “Mi Castillo de Blanca Arena Con Vista al Mar” terminaron de abrir la puerta. El Zócalo ya no era espacio público: era el preludio de una noche que no conocería pausas.

Las canciones fueron cayendo una tras otra como piezas de un rompecabezas emocional. Hubo momentos de euforia colectiva con “Señora, Devuélvame La Pelota”, “La Señora Interesante” encontró eco en miles de voces y una emotiva fusión de “Diente Blanco, No Te Vayas” con “Querida”, que desató una ovación ensordecedora. La noche avanzó entre clásicos como “Mi muñeca me habló”, “El Dinosaurio Anacleto” y “Son Pololos”, sin que el ritmo decayese un solo instante. Cada canción era una llave. Cada coro, una puerta abierta a la memoria.

Pero el punto de quiebre llegó después.

“Yo Nunca Vi Televisión”. Ahí, las barreras generacionales se diluyeron por completo. Las y los adultos dejaron de acompañar: se volvieron protagonistas. Cantaron, saltaron y rieron con la misma intensidad que las infancias, se miraron entre ellos con esa complicidad que sólo aparece cuando uno reconoce al otro en su versión más honesta.

“Yo los veía desde que era muy pequeña en la televisión y nunca tuve la oportunidad de verlos en vivo… hoy, aquí en el Zócalo, siento que el sueño de mi niña interior finalmente se hace realidad”, confesó Victoria, vecina de Magdalena Contreras, con la voz quebrada entre nostalgia y alegría.

Al final, la gran noticia no fue una primicia ni un titular urgente presentada por Tulio. La noticia ya estaba ocurriendo: más de 200 mil personas volvieron a mirar el mundo con ojos de infancia. Cuando todo terminó, no hubo prisa por irse. La gente se quedó unos segundos más, como si necesitara confirmar que lo que había pasado había sido real. El escenario se apagó, las luces bajaron, pero algo seguía ahí, suspendido. Reflejando que el derecho a la alegría también es una forma de justicia no solo para las infancias sino para cada uno que conforma nuestra sociedad.