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Málaga Despierta con la Sonrisa del Fútbol

Por María Esther Beltrán Martínez / Corresponsal

CxuNews / MALAGA, España.- Hay mañanas en las que el café sabe distinto y el aire del Mediterráneo parece traer una tregua. Este lunes, Málaga ha amanecido con una sonrisa de esas que no se ensayan, de las que se llevan puestas desde el fin de semana y se contagian al cruzar una mirada en la calle o al pedir el desayuno en la barra de siempre. Un ambiente festivo que se prolongará hasta la tarde de hoy, cuando la ciudad se vuelque por completo para celebrar y festejar a los héroes del ascenso.

Caminar hoy por la ciudad es cruzarse con un paisaje teñido de blanco y azul. En cada esquina, la cotidianidad se ha transformado: señores mayores compartiendo la tertulia del juego en las plazas, jóvenes, niños y señoras luciendo con orgullo la camiseta blanquiazul en su camino al trabajo o a la escuela. El murmullo es unísono y las fachadas, los comercios y el transporte público se han inundado con un lema que hoy es una declaración de identidad: «Málaga con el Málaga».

No es un secreto para nadie que vivir aquí se ha vuelto, a ratos, un ejercicio de resistencia. En una realidad donde los informativos saturan con el crónico problema de la vivienda y el debate sobre un turismo que ha desplazado a los locales de su propio centro, hacía falta un respiro. Pero el fin de semana nos ha rodeado de fútbol por partida doble, colocando un cinturón totalmente positivo a los días pasados gracias también al triunfo de la selección española.

Y es que, en un plano más profundo —y esto es algo que se entiende en cualquier rincón del planeta, desde las calles malagueñas hasta el corazón de México—, el fútbol ha vuelto a demostrar que funciona como un aliciente y una vía de curación para una sociedad que se siente maltratada. El paralelismo es exacto en tierras mexicanas, donde la afición también se encuentra de fiesta celebrando a su selección, que con dos partidos ganados al hilo ya ha amarrado su clasificación. Estas alegrías cruzadas demuestran que el bálsamo de la pelota no conoce fronteras; la misma descarga de esperanza que hoy se vive en la Costa del Sol resuena con la misma fuerza en el territorio azteca, recordándonos que compartimos los mismos anhelos de paz y distracción.

Vivimos en un mundo asediado por las guerras y por una clase política que parece hablar solo para sí misma, enfrascada en discursos divisorios. Los medios de comunicación, por su parte, saturan a la audiencia una y otra vez con el mismo diálogo destructivo, olvidando que también existen noticias buenas; historias que seguramente están ahí afuera, pero que no se explotan porque, lamentablemente, el conflicto vende más. Por supuesto, al fútbol actual hay mucho que rascarle. Es innegable el desgaste de una FIFA que no funciona bien, el exceso de partidos y la constante invención de formatos diseñados únicamente para exprimir más dinero. Sin embargo, por encima del negocio, este deporte sigue logrando algo milagroso a nivel mundial: dar un poco de tranquilidad.

Esa desconexión necesaria se sintió con fuerza en la provincia malagueña. El logro local no se entiende sin su afición: una marea que se fue forjando juego a juego, mostrando una fidelidad inquebrantable desde los que acudieron al aeropuerto hasta las miles de personas que se apostaron en los puentes de la ciudad para despedir al autobús del equipo entre ovaciones y pancartas de aliento en su viaje a Almería. Es cierto que el vandalismo de unos pocos empañó el trayecto al romper algunos cristales del autobús —dejando esa amarga duda de si los estadios siguen siendo espacios seguros para ir en familia—, pero el comportamiento ejemplar de la inmensa mayoría terminó por sepultar el rastro de los violentos.

Mirando hacia el horizonte, la fiebre del balón no ha hecho más que empezar. Aunque todavía falta mucho para el desenlace del Mundial debido a la enorme cantidad de equipos participantes, y ni siquiera se ha alcanzado la siguiente fase con la mayoría de los países pendientes de jugar su último partido de grupos, la expectativa es máxima. Se espera que la alegría siga creciendo en España, con una afición volcada que confía en el papel de su selección frente a sus rivales directos, haciendo valer su peso como campeona europea, al mismo tiempo que México avanza con paso firme inyectando optimismo a su gente.

Porque lo verdaderamente hermoso de esta cita global va más allá de los favoritos de siempre. El torneo está dejando espacio para la ilusión de aquellos pueblos que participan por primera vez; comunidades y naciones que se encuentran sumidas en la opresión o la dificultad, y que encuentran en el debut de sus jugadores una ventana de orgullo y dignidad. Para ellos, ver su bandera en el mapa internacional se convierte en una victoria que trasciende el marcador.

Hoy la rutina pesa menos. Las banderas siguen colgadas en los balcones, la gente de todas las edades comparten una misma conversación en la calle y la sociedad se descubre contagiada por una vibración común. El balón ha rodado a favor de la tregua y la esperanza porque, cuando el fútbol se vive con el corazón, se convierte en el mejor bálsamo para sanar y unir a una sociedad mundial sedienta de buenas noticias.

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